Valle García

En Historias de tierra intento que cada pieza tenga una voz propia, pero sin estridencias. Me interesa cuando un objeto acompaña una mesa, una conversación o un espacio con naturalidad, casi desde la ausencia. Con el tiempo entendí que la presencia más fuerte no siempre es la más evidente. A veces lo verdaderamente importante ocurre en ese lugar más silencioso: cuando una pieza deja una huella emocional sin necesidad de imponerse.
He aprendido que comer nunca es solo alimentarse. La forma, el peso, la temperatura o incluso el borde de una pieza cambian la relación que tenemos con lo que sucede en la mesa. A veces un objeto puede hacer que alguien mire un alimento con más atención o que reduzca el ritmo sin darse cuenta. Me interesa mucho esa capacidad silenciosa de la cerámica: no imponerse, pero sí modificar la experiencia desde un lugar muy físico y muy humano. Cuando una pieza funciona de verdad, desaparece el artificio y solo queda una sensación de coherencia.

Creo en una belleza discreta, en objetos que se dejan usar, querer y transformar por el tiempo sin abrumar ni reclamar protagonismo constantemente. Si algo permanece, ojalá sea esa sensación de intimidad y verdad que aparece cuando convivimos durante años con objetos que terminan formando parte de nuestra memoria cotidiana.
